Milcíades Peña, los mitos de la historia argentina, los intelectuales y la militancia revolucionaria

Christian Castillo, Hernán Camarero, Fernando De Leonardis. 

Presentamos una síntesis de la desgrabación de la gran charla que se realizó el pasado 26 de septiembre en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata. Su tema fue “La historia argentina y sus mitos. Conversaciones sobre la obra de Milcíades Peña”. El motivo fue la publicación, en un solo tomo, de la edición definitiva de Historia del pueblo argentino (Emecé, Bs.As, 2012), de Milcíades Peña (1933-1965), historiador marxista y militante trotskista. Los panelistas fueron Fernando De Leonardis, sociólogo, responsable de la edición del libro; Hernán Camarero, historiador-investigador del movimiento obrero argentino y la izquierda y docente de la UBA; y Christian Castillo, sociólogo, docente de la UBA y la UNLP y dirigente nacional del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). La charla versó sobre la existencia de una corriente historiográfica marxista local en contraposición a las tradicionales corrientes dominantes: la liberal y la revisionista (ésta última con la particularidad de que viene siendo promovida desde hace años por el gobierno kirchnerista), sobre los intentos de re-apropiación, re-utilización y mutilación de la figura de M. Peña para proyectos históricos y políticos opuestos a los que él defendió en vida, y sobre la relación entre intelectuales, política y militancia en el marxismo revolucionario.

Pocos días más tarde, el 2 de octubre, la gestión de la Facultad de Humanidades y la dirección del Departamento de la carrera de Historia hicieron una charla “oficial” sobre exactamente el mismo tema, donde participaron, entre otros, Horacio Tarcus, Omar Acha y Adrián Celentano. El centro de esta última charla fue precisamente una polémica contra los conceptos vertidos en la primera presentación y que transcribimos aquí abajo.

Las notas al pie que tienen la aclaración NdE (nota del editor), fueron agregadas por nosotros. Las restantes notas que no tienen esa aclaración fueron conceptos vertidos en el debate por los panelistas.

Fue publicado en papel en el número 1 de la revista “El motor de la historia”, de Tesis XI, Juventud del PTS de la Facultad de Humanidades de la UNLP.

 

Fernando De Leonardis:

Hago un agradecimiento especial al PTS por haberme invitado, y por el esfuerzo en la organización de esta charla.

Era el deseo de Milcíades Peña (MP) sacar una “Historia” completa y unificada, pero nunca lo pudo hacer y de alguna manera lo es este libro. Y sacarlo en una editorial como Planeta es una suerte, porque Peña no es reivindicado por nadie. Su figura y su obra generan debates y controversias. En el morenismo[1] se lo despreciaba. Y digo que es una suerte porque no se lo sacraliza. Porque a veces las figuras militantes se transforman en mitos, y esto es lo que Milcíades Peña trataba de demoler, los mitos de la historia argentina. HISTORIA DEL PUEBLO ARGENTINO

Haciendo una introducción a la obra, me parece que dentro de esas dos divisiones que se pueden entablar en el marxismo, entre quienes sostienen la preeminencia del voluntarismo o la lucha de clases, y quienes defienden la preeminencia de la estructura socioeconómica; creo que tanto en la Historia del Pueblo Argentino, como en los tomos en debate con Jorge Abelardo Ramos[2], o las Fichas donde habla sobre la industria y las clases dominantes en el imperialismo, se puede rastrear que en la concepción historiográfica de Peña hay una estructuración en términos de de la primacía de la lógica del capital por sobre la lucha de clases.

MP comienza el libro con citas del Manifiesto Comunista, pero enseguida cita a Grandizo Munis[3], que aún hoy sigue siendo desconocido no solamente para el gran público, sino para la militancia trotskista. Y con esas citas al inicio nos da una idea de la forma de hacer historia y el método que va a seguir. En este libro MP empieza con España, antes de implantarse en América y habla del “raquitismo estructural de España”, que va a trasladar a la colonia. Y en seguida comienza a debatir con marxistas que defienden una visión idealista. Luego continúa con Puiggrós, con Palabra Obrera y con Abelardo Ramos en uno de los debates más jugosos. Y la última página de este libro termina con el balance de lo que es el peronismo donde dice “la República Argentina seguía siendo un país atrasado y semi-colonial, dominado por una burguesía terrateniente e industrial trustificada entre sí y con el capital financiero internacional”.

Todo el libro, y toda su obra también, está atravesada por ese debate. Como decía, Peña concibe la historia en términos estructurales, de lógica del capital. Por eso vemos la constante alusión a esta idea en los intertítulos del libro donde por ejemplo habla del gobierno de Sarmiento como “ilusiones sin base”, se refiere a la “quimera alberdiana” para construir un país al estilo yanqui sin haber una burguesía industrial, o cuando dice que el dilema del gauchaje bárbaro o los hacendados era un debate que no tenia destino histórico, o también cuando habla del peronismo del cual dice que  es “el gobierno del como si”.

Quería resaltar esto, desde mi punto de vista hay una concepción que es el eje del marxismo, El capital, donde toda la obra es de carácter estructural y, permítanme la paráfrasis con un título de Lenin, ya que para mí toda la obra de MP trata de explicar el desarrollo del capitalismo en Argentina[4].

En segundo lugar me parece que a Peña hay que ubicarlo como militante trotskista, contra ciertas corrientes y pensadores que tratan de sacarlo de este contexto e incluso muchos lo llegan a sumar a la nueva izquierda de los 60 y 70; o como vemos por ejemplo ahora que pensadores del campo “nacional y popular” intentan apropiarse de Peña para sacar algunas enseñanzas aunque un poco con fórceps, para adaptarlo a su interpretación. Hay que ubicar a Milcíades Peña como un militante trotskista, pese a que el orgánicamente a veces estuvo vinculado a la corriente morenista y otras veces no. Me parece que la práctica historiográfica es en Peña una praxis teórica, porque él en ningún momento la planteó como medio de vida, por ejemplo como un historiador profesional, y tampoco como un diletante que lo tomaba como algo que quería hacer en sus ratos libres. El tenía un fin militante y transformador, entender el pasado para transformar la realidad. Y eso está en sus libros, podemos verlo constantemente, y por eso los debates con sus contemporáneos eran muy feroces.

Peña asume una variedad de fuentes para construir el relato historiográfico. Esto es muy interesante, porque trabajaba no con la aridez del profesional historiador que mira archivos, sino que tomaba las fuentes que circulaban de manera masiva. Por ejemplo, del Martín Fierro toma lo que dice sobre la estructura agraria en formación y en el debate sobre Sarmiento se sirve de sus correspondencias íntimas, que le van a revelar a una persona sin disfraces y no a aquel que habla en la Sociedad Rural, o cuando apela a las memorias de un embajador inglés escritas después que dejó el país; todas estas se transforman en una fuente donde hay riqueza documental. Esto es parte de la audacia y la genialidad de Peña, lo que puede extraer de los materiales de circulación popular.

Por último, me parece que todo lo plateado por él en La Historia del Pueblo Argentino es de una gran actualidad. Para traerlo a nuestra realidad de nuestra lucha de clases, yo leía hoy en Pagina/12 una noticia donde Axel Kicillof dice que “el gobierno nacional impulsa una transformación estructural histórica para revertir el ciclo neoliberal y la desindustrialización”. Pero si buscamos los datos de la realidad, no nos dicen que hay una re-industrialización, ni tampoco una transformación estructural básica. En ese sentido, las últimas palabras de Peña en relación a que el modelo agrícola y financiero fue lo que se terminó de consolidar con el peronismo, siguieron y siguen estando vigentes. O sea, no hay ningún modelo productivo sustentado en la industria. Para eso nos podemos remitir a los datos y ver el déficit comercial en la industria energética, la falencia en transporte, el poco valor agregado que hay en la industria, entre otros indicadores. Podemos decir que el país sigue siendo atrasado y la infraestructura sigue igual. Incluso podemos decir que en el menemismo hubo más inversiones, precisamente en telecomunicaciones y minería, que con este gobierno según los datos oficiales inclusive.

Hernán Camarero:

En primer lugar quiero agradecer a los compañeros del PTS, creo que esta actividad es muy oportuna, muy valiosa e importante para reflexionar acerca de la vida, la obra y el papel que desempeño MP, en el desarrollo de una historiografía marxista en argentina, y en general como intelectual marxista revolucionario.

Este libro es muy valioso como emprendimiento, me dicen que se está vendiendo muy bien, y más allá de cuestiones publicitarias, me parece que tiene que ver con el lugar que se ha sabido ganar MP en la historiografía argentina, desde una perspectiva claramente militante. Esto visto como un elemento de enriquecimiento en la obra historiográfica. Creo que hay que hacer charlas como estas para reinstalar a Peña en el lugar que se merece.

Tengo algunos matices con Fernando, sobre si la figura de MP habría sido una presencia repudiada, pues no lo veo tan así. Aunque es cierto que el lugar de Peña se había perdido, difuminado, o en todo caso no había sido apropiado suficientemente. El enorme capital político y teórico que representa Peña no había sido apropiado sobre todo por la tradición a la que el adscribió que es el trotskismo, y es a lo que me voy a referir como primer aspecto.

Creo que hay una necesidad de identificar quién era Peña, y cuál fue el contenido de la influencia que impregnaron sus ideas y su obra. Sobre todo porque creo que existió en los últimos tiempos, y todavía existe, cierto intento de desencajar a MP de todo marco de pertenencia o tradición ideológica o política, resignificándolo como un espíritu completamente libre, autónomo, presentándolo como un intelectual casi inclasificable, reivindicándolo como un intelectual crítico, heterodoxo, trágico, anti-heroico, un intelectual aguafiestas; todos adjetivos que han sido utilizados para alejar la comprensión de elementos básicos de las ideas y la obra de Peña. Hoy nos encontramos que a Peña lo reivindica hasta José Pablo Feinmann.

Pienso en el modo en cómo se ha tendido a licuar lo que ha sido una relación esencial para comprender a Peña, su relación con el trotskismo. Entonces creo que hay que reafirmar con contundencia que puede comprenderse bastante poco de la obra de Peña, sin contemplar esta adscripción política e ideológica.

Peña incorporó otros aportes y lecturas, lo cual resulta obvio como para cualquier labor intelectual. Además de los rasgos específicos de Peña como su inteligencia y una brillantez evidente, una erudición particular, porque se trataba de un autodidacta con una enorme creatividad y originalidad en sus ideas, una mirada historiográfica e hipótesis muy novedosas, hablamos de un intelectual formado como tal en la militancia política y revolucionaria. Y quiero insistir en que el vínculo con el trotskismo es vital para comprenderlo. Quiero revisar algunos datos que me parece pueden ser útiles en este sentido.

Cuando Peña ingresa al trotskismo, en 1947, tenía 14 años. La enorme precocidad fue uno de sus rasgos[5]. Él ingresa a la militancia después de haber tenido una experiencia política previa en la Juventud del Partido Socialista en La Plata, y con un grupo de jóvenes mayores que él, muchos de los cuales después se destacaron, ingresa a una agrupación muy pequeña que se llama GOM (Grupo Obrero Marxista), dirigido por Nahuel Moreno, que le lleva casi diez años de distancia. Allí comienza a desarrollar su actividad militante que es orgánica durante unos cinco años, hasta 1952 o 1953. Ese joven de 14 o 15 años, tiene su escuela de formación marxista en la militancia dentro del GOM, que en 1948 cambia de nombre por el POR (Partido Obrero Revolucionario). La tarea de Peña es desarrollar algunas de las ideas de ese grupo, respecto al peronismo, pero también de análisis de la realidad económica y social de Argentina. Empezando a desarrollar una tarea de caracterización del capitalismo argentino, su desarrollo industrial, su desarrollo agrario, las relaciones con el imperialismo.

Muchas de las ideas que luego van a ser desplegadas por Peña, aparecen prefiguradas en el GOM-POR, y hay sobre todo un papel de Moreno que es clave. Si uno empieza a rastrear sus primeros trabajos, son artículos que salen en el periódico del GOM-POR llamado Frente Proletario, o en la revista teórica que se llama Revolución Permanente. Uno puede rastrear ciertos planteos fundamentales de Historia del Pueblo Argentino, en esos textos que están en Frente Proletario, Revolución Permanente o en otros trabajos. Por ejemplo, la posición de Peña respecto al carácter capitalista de la colonización española, había sido desarrollada anteriormente por Moreno, en un artículo que se llamo “Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa en América”[6]. Es un trabajo del año 48, incluso previo a la elaboración de Peña sobre el tema.

Cuando años después Peña publica su revista Estrategia de la emancipación nacional y social, publica el artículo de Moreno con una carta, donde alude a esa influencia que tuvo en su desarrollo teórico por los aportes de Moreno. Estas influencias son útiles para comprender el desarrollo político, teórico y en las propias ideas historiográficas de Peña, que por ejemplo sobre el carácter capitalista de la colonización, escribía discutiendo contra toda la historia marxista, fundamentalmente estalinista (de Puiggrós en adelante), que sostenía el carácter feudal de la misma.

El libro Historia del pueblo argentino se escribe entre 1955 y 1957, momento en el que Peña no es un militante orgánico de la corriente morenista, pero sí es un adherente a esa corriente. Comparte todas sus posiciones, acompaña sus caracterizaciones y políticas. Por ejemplo, cuando el morenismo cambia su caracterización del peronismo[7], a partir del año `53 o `54,  poniendo en primer lugar al peronismo como un movimiento que resistía la penetración yanqui, y que abría después la puerta de ese análisis a lo que fue la experiencia del entrismo[8] dentro de organizaciones peronistas, Peña acompaña y desarrolla teóricamente este “viraje”. Acompaña la experiencia de entrismo en el PSRN[9]. Y luego también la experiencia de entrismo en Palabra Obrera[10]. Quiero decir con esto, que Peña mantiene lazos, orgánicos al principio e inorgánicos después, con la corriente morenista hasta el año 1960. De modo que este libro (la Historia…) está escrito por alguien que tiene ese lugar en el escenario político.

Esto no invalida que hubo problemas en la relación entre Peña y el morenismo, una relación que por lo menos fue fallida. Y creo que parte de un problema más general que es la relación entre intelectual y partido. Pero hay problemas interesantes para destacar, como una notable incapacidad y desidia del morenismo para trabajar con Peña, para apropiarse de ese capital político, para potenciarlo. Incluso para reivindicar como propia esa tradición una vez ocurrida la muerte de MP. Esto revela las limitaciones del morenismo como corriente y como tradición, sobre todo en la concepción que tiene sobre el trabajo teórico y en la relación con los intelectuales. Esto con Peña se ve de manera trágica.

Pero los problemas también están en Peña. En sus últimos años de vida refleja una concepción política muy discutible. Uno se puede preguntar cómo llega a escribir en 1964 ese artículo llamado “El legado del bonapartismo. Quietismo y conservadurismo en la clase obrera argentina” [11], donde hace gala de un escepticismo descomunal, sosteniendo que la clase obrera argentina no tendría posibilidad de superar al peronismo como dirección política. Y podemos sostener que en parte esto también explica la ruptura y alejamiento con el trotskismo[12].

Entonces los problemas hay que ir analizándolos de manera dialéctica, lo que en un análisis superficial y apologético se ha evitado, presentándolo a MP como un marxista revolucionario consecuente que supera al trotskismo y se eleva, cuando en realidad sucede todo lo contrario.

Y estos problemas también están en su mirada sobre la historia. Por ejemplo, ya desde el título. Historia del pueblo argentino en realidad no es una historia del pueblo argentino, sino más bien una historia de las clases dominantes argentinas. Por ejemplo, para los que nos dedicamos a estudiar la historia del movimiento obrero, no tenemos casi nada para tomar de las elaboraciones de Peña. No hay un estudio de la conformación del movimiento obrero argentino, de sus períodos, de sus estrategias, etc. En ese sentido, tenemos que hacer una reapropiación crítica de la obra de Peña, que sobre todo rescate sus objetivos, el método que la animaba.

El atractivo de Peña como historiador, es que no es una historia tradicional en el sentido de explicar hechos o procesos históricos, sino que hace una visión panorámica de un período muy largo que comienza con la caracterización del desarrollo económico y social de España como potencia antes de la colonización de América y se extiende hasta 1955, recorriendo más de cuatro siglos de historia. Y lo que busca Peña es estructurar esta visión histórica en base a una agenda de problemas o temas claves. En ese sentido no es una obra global como puede ser El 18 Brumario de Marx o Historia de la revolución rusa de Trotsky. Su arquitectura es distinta. La forma que elige Peña es la de una rigurosa, sistemática y una brutal crítica historiográfica. Lo que hace es una tarea de demolición de las interpretaciones historiográficas existentes, quizás pensando luego en encarar otro trabajo de interpretación marxista. Peña escribe el libro para demoler, por un lado, la interpretación liberal-mitrista, una historia mistificante, que engañaba deliberadamente y obstaculizaba la verdadera comprensión de la historia argentina; y por otro la historia del revisionismo que emerge a partir de los años 20 y 30.

Fichas de Investigación Económica y Social

Y Peña va a sostener que no hubo una verdadera historia marxista, más allá de aportes sueltos como los de Sergio Bagú, porque los intentos que hubo en ese sentido no habían hecho más que una traducción de esas dos grandes visiones, adornándolas con ropajes marxistas. En el caso de los historiadores comunistas, la capitulación se dio frente a la historiografía liberal-mitrista, apropiándose de la línea Mayo-Caseros, tomando sus propios héroes y próceres, como Rivadavia, en parte Sarmiento y Alberdi, Echeverría, Roque Sáenz Peña (en los años 40 los estandartes del PC eran los mismos que los de la historia liberal). Y por otro lado, estaban situados historiadores como Hernández Arregui y Jorge Abelardo Ramos que utilizaban categorías marxistas para capitular a la visión revisionista de orientación peronista[13]. Peña quiere derribar estos mitos.

Y ahora para finalizar, y centrándonos en el análisis de la obra de conjunto, creo que hay un deliberado objetivo político en lo que Peña se propone, y que aparece con fuerza en su análisis sobre el siglo XIX[14], y es que trata de mostrar cómo hubo un sistemático fracaso de la burguesía argentina en convertirse en un sujeto transformador y progresivo de la historia. Creo que esta es una idea que organiza toda la obra de Peña. Es decir cómo la clase dominante argentina a lo largo del siglo XIX no hace más que traicionar las causas de la democracia y la independencia, para luego convertirse en un factor regresivo y reaccionario. De esta interpretación se desprende, que solo la clase obrera, como caudillo de los sectores oprimidos, es el único sujeto capaz de producir las transformaciones democrático-burguesas postergadas. Esa es la gran conclusión de la obra de Peña. Y en este sentido creo que es imposible comprender a Peña sin el aporte de la teoría de la revolución permanente y la ley del desarrollo desigual y combinado. Intenten comprender a Peña sin el trotskismo, es una tarea vana.

Hay un desafío a superar la obra de Peña. Siempre pensando que el desarrollo de una historiografía marxista en Argentina no puede prescindir de una consideración del lugar que Peña tiene en ella, que puso algunas de las claves interpretativas básicas para su desarrollo, hay que apelar a una reapropiación crítica de la obra de Peña, con un rescate de los objetivos y el método general, así como muchas de sus conclusiones.

Christian Castillo:

Este libro sale cuando el kirchnerismo ha tratado de construir un relato sobre la historia nacional, lleno de lagunas y contradicciones en su intento de apropiación, con una cierta lectura revisionista al principio corrida un poco a la izquierda y últimamente girando a la derecha en la interpretación histórica. El intento más genérico no fue alrededor de una obra historiográfica, sino alrededor de la “puesta” del Bicentenario, donde buscó apropiarse de algunas de las mejores gestas del movimiento obrero como si fuesen propias, sin problemas en mezclar a quienes han sido grandes antagonistas[15].

De lo que se trata entonces es de un debate por la interpretación histórica. El libro de Peña entra en esto con una visión distinta a la de la derecha que tiene una crisis de relato, ya que no hay un relato homogéneo y coherente que pueda tener la oposición no peronista, al intento de construir por parte del kirchnerismo un relato fragmentado, que se choca frente al análisis de las contradicciones entre el discurso y la realidad. Creo que el intento de buscar una interpretación diferente de la historia nacional, en clave marxista, es también la explicación a la difusión que ha tenido nuevamente la obra de Milcíades Peña. Es muy auspiciosa esta difusión, ya que para las nuevas generaciones es muy importante poder tener este texto completo a disposición.

Hoy transmitimos una mirada muy distinta y polémica a la que hace el propio Horacio Tarcus[16] sobre Peña, que en breve va a hacer la presentación del libro en esta misma Facultad. Donde se da la particularidad de que a una influencia tan importante como la que tuvo Nahuel Moreno sobre Peña, la escribe un anti-morenista ferviente como Tarcus, como una tesis dirigida por otro anti-morenista ferviente, como es Michael Löwy[17]. Entonces peca de unilateralidad y siembra una serie de equívocos en la relación Moreno-Peña.

La primera observación que hay que hacer a partir de la obra de Milcíades Peña, es que desmiente gran parte de toda la acusación tradicional que hacen el populismo y ciertas corrientes sobre el trotskismo en nuestro país, su lugar en la historia de la clase obrera y en la historia nacional. Esa caracterización del trotskismo como una corriente antinacional, que no intenta comprender la historia de su propio lugar, que no ha tratado de captar los matices de la historia de su propio país[18]. Es evidente que Peña tocó una serie de nudos para comprender la historia nacional porque la influencia de su obra ha sido enorme y está presente en corrientes historiográficas muy diversas, que tienen que recurrir a un historiador de militancia trotskista para entender qué ha pasado en el país desde la colonización en adelante

Pero para hacer justicia hay que reconocerle el mérito a otro historiador de origen trotskista al cual también hay que revalorizar, Liborio Justo, autor de una enorme obra como Nuestra Patria Vasalla, en cierta medida el maestro de Nahuel Moreno, y el introductor de la tesis de la liberación nacional en la concepción del trotskismo argentino[19]. Se trata de dos autores pioneros que son inestimables puntos de partida, que marcan una inscripción en los debates sobre la interpretación de la historia nacional. 

Desde el principio uno ve cómo Peña intenta captar, a través de la teoría del desarrollo desigual y combinado, la especificidad de la historia nacional que va desde la colonia, la revolución de mayo, las guerras civiles, la lucha de unitarios y federales, la generación del 90, y así cada nudo de los debates historiográficos. El libro tiene el mérito de que un lector más “especialista” puede reflexionar sobre definiciones complejas y sofisticadas alrededor  los fenómenos que trata, pero es a la vez completamente accesible para un público “no ilustrado” que se quiere introducir en el conocimiento de la historia nacional, que puede hacerlo además disfrutando de la prosa de un autor que se apropia de lo mejor de la tradición literaria marxista. Es difícil encontrar otra obra similar pensada desde la academia, con el rigor historiográfico de Peña.

Respecto a la propia revolución de Mayo, Peña sostiene correctamente que fue una revolución política y no social, es decir que fue esencialmente contra la casta burocrática de gerenciadores del imperio español, pero que después se mantiene la misma estructura social. Y esta interpretación puede tener un problema ya que tiende a subvalorar lo que implica este mismo cambio político que abrió nada menos que la posibilidad para la liquidación del capitalismo colonial y su remplazo por una nueva formación social. Si bien en el análisis de la estructura colonial Liborio Justo es inferior a Peña, ya que sostiene la visión de que la colonización fue feudal, aunque de una manera distinta a como lo sostiene Puiggrós, sin embargo la revolución política tiene una mayor trascendencia para Justo que ve en personajes como Mariano Moreno o Juan José Castelli el origen de la nación argentina. Si miramos el Plan revolucionario de operaciones de Mariano Moreno, veremos que tiene elementos de estatismo burgués, más allá de aspectos del programa como la concesión de la isla Martín García a los ingleses, que efectivamente es una muestra de los límites del proyecto de Moreno. Y otro hecho que Justo pone en el centro es cuando Castelli llega a las orillas del lago Titicaca y da el discurso de Tiahuanaco donde proclama la igualdad de los indígenas con el resto de la población, considerado por Justo lo más avanzado que dio el movimiento de Mayo, para a continuación entrar en un retroceso permanente[20]. Peña no le da relevancia a todos estos elementos, ya que buscaba señalar que no había una burguesía interesada en llevar a cabo una revolución democrático-burguesa, contra el relato liberal al que los historiadores estalinistas adscriben.

Fichas de Investigación Económica y Social

Otro aspecto interesante de la obra de Peña es la interpretación del peronismo. Y aquí tenemos que decir que, aunque dentro de una escuela común, la visión de Nahuel Moreno es más sofisticada, ya que mientras que Peña definía a Perón como “agente inglés”, haciendo énfasis en cómo los británicos saludan y apoyan la victoria de Perón ya que lo consideraban como una resistencia a la penetración del capital norteamericano en Argentina, cuestión a la que los revisionistas y peronistas no quieren dar cuenta, Moreno es más preciso en la definición planteando que Perón actúa como “bonaparte” entre esa confluencia contradictoria de intereses que se da en Argentina durante la II Guerra Mundial. En ese momento, mientras que británicos y alemanes enfrentados en el campo de batalla coinciden en el apoyo a la neutralidad argentina, los norteamericanos fomentan la entrada argentina a la guerra para ponerla bajo su égida.

El proceso de retirada de la metrópolis británica y el avance del imperialismo norteamericano es muy importante para entender también el surgimiento de todos los nacionalismos burgueses en América Latina en este período, y llama la atención que en esta definición no haya una referencia más explícita a los estudios del propio Trotsky sobre el cardenismo[21] y su concepción de bonapartismo sui generis de derecha o de izquierda, según exprese al capital imperialista tratando de colonizar la nación e imponiendo dictaduras militares, o exprese el intento de resistencia de las débiles burguesías nacionales, haciendo concesiones al movimiento de masas obreras y campesinas[22]

Otra cuestión que creo hay que pensar críticamente en Peña es un ángulo desde donde interpreta la historia nacional. Una muestra de esta perspectiva está en el capítulo sobre Sarmiento y Alberdi, donde plantea que aún en 1957 (año en que escribe Historia del Pueblo Argentino) el país seguía estando por detrás de construirse como una nación moderna, como habían buscado estos dos hombres lúcidos de la burguesía, incomprendidos por la oligarquía. Y entonces sostiene que esta tarea de construir una Argentina moderna le cabría entonces a la clase obrera.

Creo que aquí hay nudo para discutir sobre Peña, que explica por qué quizás uno de sus principales discípulos como es Jorge Schvarzer, luego puede deslizarse sin una ruptura formal con Peña, hacia una visión industrialista de la historia argentina. Peña plantea en su obra la incapacidad de la burguesía argentina para llevar adelante una revolución industrial y liga la idea de revolución industrial a la de revolución social. Plantea que la burguesía no puede llevar adelante revoluciones industriales y donde sí las hubo fue en los países donde la burguesía fue expropiada, y menciona los ejemplos de Argentina y de China donde una revolución social sería necesaria para llevar adelante una revolución industrial. Creo que si bien este debate gira en torno a las limitaciones de las polémicas de la propia época, donde se discutía hasta dónde Argentina estaba industrializada o no, es un punto de partida problemático ya que desde el punto de vista del objetivo del proletariado, la industrialización no es un fin en sí mismo y menos aún la medida de esto podemos buscarla hacia adentro del Estado nacional. Y esto es porque pensando desde la dinámica de la teoría de la revolución permanente, la revolución proletaria no acaba con la conquista del poder de los trabajadores y las transformaciones internas que puede hacer a nivel de la industria, sino que continúa la extensión de la revolución y la articulación entre las economías de la región en una Federación de Repúblicas Socialistas de América Latina, en el camino de la revolución mundial. Y por esto creo que hay que problematizar esta idea de Peña del peronismo como un proceso de semi-industrialización, porque a pesar mostrar correctamente sus límites, nos puede llevar a una visión de una Argentina completamente socialista e industrializada.

Otra cuestión que no está en el texto, pero sí creo que hay que discutir, es su concepción sobre alguno de los aspectos de la Revolución Permanente. En el libro de Tarcus hay hipótesis sobre qué es lo que lo lleva al suicidio, pero allí está completamente subvalorado el hecho de que Peña fracasa en su apuesta política y eso lo lleva a la desmoralización. Peña era un entusiasta defensor del entrismo en el peronismo, y escribe varios artículos donde deja ver cómo pensaba que alrededor de la demanda de la vuelta de Perón por la cual se movilizan y organizan los obreros argentinos y protagonizan la resistencia, los obreros se armarían desatando un proceso revolucionario y llegarían a la conquista del poder. Y esta percepción limitada en relación a la perspectiva de la Revolución Permanente y el Programa de Transición, es la visión objetivista posteriormente criticada al morenismo, que planteaba que la fuerza de la lucha de las masas las llevaría a ir más allá de los límites que ponía la burguesía, pudiendo superarla por la dinámica propia de su movilización.

Peña plantea esto entre 1956 y 1959, en el momento de ascenso de la resistencia y una enorme lucha de clases en Argentina, uno de los grandes momentos de la lucha obrera en Argentina, donde la burguesía golpista comete el error, del cual sacará sus conclusiones en 1976, de liquidar la cúpula burocrática de los sindicatos, permitiendo el surgimiento de un nuevo activismo obrero[23]. Pero no podemos dejar de señalar que esa visión objetivista después tiene su precio, pues al no haber educado y formado en el marxismo a sus militantes,  cuando el activismo cae y luego cuando la lucha de la resistencia empieza a ser canalizada por un nuevo proceso de burocratización (Vandor), el morenismo queda fuertemente debilitado.

No creo que sea una hipótesis forzada decir que en su tragedia personal hay en parte una gran desilusión política. Y el artículo referido sobre el “Quietismo y conservadurismo de la clase obrera” explica en parte esto. Allí Peña pone el acento sobre un quietismo general de la clase obrera, y no sobre las fallas que pudieran haber tenido quienes trataron de construir una organización revolucionaria en ese momento.

A Peña lo tomamos como un historiador marxista y podemos decir que fue un enorme pionero. Ahora, no lo podemos pensar como dirigente revolucionario, ya que no estuvo a la altura. Si tenemos que discutir sobre él en ese terreno, entonces pesan sobre él todas sus debilidades y no sus puntos fuertes. En ese aspecto, Nahuel Moreno fue muy superior a Peña, ya que incluso construyó una corriente política nacional e internacional y fue una de las grandes figuras que construyó organizaciones en el movimiento obrero de esos tiempos. Como parte de una corriente militante, Peña aportó como intelectual al morenismo, pero por fuera de éste, no estuvo a la altura como constructor de otra organización política.

Por último quiero insistir con la desmitificación que hace la obra de Peña respecto a que los trotskistas no tendríamos una escuela historiográfica que estudie las realidades nacionales. No hay una interpretación de la historia nacional superadora de la de Peña, o a la de la escuela “Peña-Moreno”. Y esto muestra la fuerza que tiene la producción intelectual ligada a una perspectiva militante, frente a la burocratización del conocimiento que promueve la academia mientras sostiene que el militante desvirtúa el conocimiento científico en función de su interés político porque “pierde objetividad”. Nada más alejado de la realidad. La visión más profunda de la historia Argentina la han hecho los trotskistas, al igual que en numerosos países de América Latina. Como por ejemplo la Historia marxista de Chile, de Luis Vitale, argentino-chileno que durante gran parte de su vida fue militante trotskista. O La revolución interrumpida, considerada la mejor obra sobre la revolución mexicana de 1910, escrita por otro militante de tradición trotskista, Adolfo Gilly. Y esto es así porque hay una mirada teórica desde donde la teoría del desarrollo desigual y combinado y la visión de la revolución permanente, permiten una interpretación superadora contra esa visión esquemática y lineal del desarrollo de la historia, como tienen los historiadores estalinistas y los de las clases dominantes Hay que partir de acá para desarrollar una nueva visión historiográfica marxista, que supere puntos débiles en Peña como los que mencionaba Hernán [Camarero], como es el no haber presentado el otro componente de la historia nacional, como son las luchas de las clases subalternas, las de los orígenes y luego el papel central del movimiento obrero en la historia nacional.

La importancia de la apropiación de este texto y de la tarea que deja abierta. Leer este libro, que es apasionante, tiene que servir para que nuevos compañeros marxistas tomen la posta de completar, desarrollar y superar esta obra que sienta un camino.

LA MANIPULACIÓN DE LA FIGURA DE MILCÍADES PEÑA Y LOS MITOS DEL KIRCHNERISMO

 Christian Castillo:

El intento desde los pensadores “nac&pop” de apropiarse de Peña para sus propios objetivos políticos, puede resultar una gran paradoja. Porque quienes se atrevan a adentrarse en su obra verán que toda su elaboración es un ataque certero al populismo, desde el carácter que tuvo la conquista de América hasta el análisis del peronismo. Por ejemplo, en una nota al pie del comienzo del capítulo “El gobierno del como si. 1946-1955” sostiene “La Argentina es el país del como si. Durante muchos años lució como si fuera un país moderno en continuo avance, pero en realidad iba quedando cada vez más atrasado respecto a las naciones industriales; luego, desde 1940 hasta 1955, pareció como si la población toda se volviese más próspera, pero en realidad el país se descapitalizaba velozmente día tras día, y mientras se iba quedando sin medios de producción se atiborraba de heladeras, de telas y de pizzerías. Precisamente, el peronismo fue en todo el gobierno del “como si”. Un gobierno conservador que aparecía como si fuera revolucionario; una política de estancamiento que hacía como si fuera a industrializar al país; una política de esencial sumisión al capital extranjero que se presentaba como si fuera a independizar a la nación, y así hasta el infinito…”[24] Quizás estén exageradas algunas de esas definiciones, pero seguramente no les van a caer bien a los kirchneristas. Y si continuamos con la lectura, veremos que en la síntesis general señala: “Sindicalización masiva e integral del proletariado fabril y de los asalariados en general. Democratización de las relaciones obrero-patronales en los sitios de trabajo y en las tratativas ante el Estado. 33 % de aumento en la participación de los asalariados en el ingreso nacional. A eso se redujo toda la ‘revolución peronista’[25]. Ojalá los consejos de Feinmann y compañía hagan que los kirchneristas lean a Peña porque en seguida les surgirá que el kirchnerismo es el gobierno del “como si”, pero ahora degradado. Porque el kirchnerismo ni siquiera llega a ninguno de los puntos que señalaba recién Peña sobre el legado de diez años del primer peronismo. Retroceso de la participación de los asalariados en la renta nacional, continuidad del trabajo precario en un 35%, el pago de la deuda externa como nunca en la historia. Y uno podría decir: el gobierno que hizo como si tuviera una política independiente en la deuda externa cuando le pagó como nunca al FMI; el gobierno que hizo como si representara los intereses de los trabajadores cuando los empresarios se la llevaban en pala; el gobierno que hizo como si industrializara, mientras mantenía una estructura primarizada de la producción industrial.

INTELECTUALES Y PARTIDO REVOLUCIONARIO

Hacia el final de la charla se volvió a plantear un interesante debate sobre la relación entre intelectualidad marxista y militancia en un partido revolucionario, que estaba latente en algunas de las intervenciones anteriores:

Fernando De Leonardis:

(…) Los vínculos que planteaba Chipi entre Nahuel Moreno y Milcíades Peña, y también hablaba de Quebracho[26], de Liborio Justo, creo que también hay que matizarlo (…) Creo que se mezcla un poco y tiene que ver con que para mí Peña nunca fue un militante orgánico. Y en esto también tiene que ver la rigidez de la organización morenista. Exigirle la proletarización a un intelectual es una animalada. Y eso se puede ver hoy, cuando se intentan imponer algunas actividades que por ahí no son específicas para este tipo de militantes. (…) Y quería terminar con que Peña para mí perdura no tanto como dicen Tarcus y otros, eso de que en el mundillo académico de los ‘60 se leía a Peña y se lo reivindicaba. Sino que tiene que ver para mí con los militantes y esos libritos que circulaban de mano en mano, desde la base y desde la tradición trotskista.

Hernán Camarero

Esto que plantea Fernando es cierto en una dimensión, que es la objetiva tensión que hubo en la experiencia de Peña en su relación con un partido, con una corriente política. Efectivamente ahí hubo cruces bastante claros. Hay momentos en los que Peña no es orgánico, se autonomiza, hay diferenciaciones claras. (…) Pero eso no puede hacernos dejar de ver que hubo también problemas graves en su propio quehacer político, en su elaboración como intelectual. Pero vuelvo a decir: atención con las lecturas que intentan alejarlo del punto más fuerte, que es el del desarrollo de un pensamiento marxista revolucionario. Eso fue Peña y no un insumo para construir una intelectualidad que evapore las ideas, despojadas de cualquier posicionamiento político.

Christian Castillo

 

(…) Otra cosa que quería plantear. En el morenismo la relación con los intelectuales no fue siempre igual. Nosotros, los que en el pasado militamos en el MAS, durante más o menos tiempo, conocimos la versión más bárbara, o lo peor de esta relación. Donde un partido que llenaba estadios, no le prestaba ninguna atención a los debates intelectuales. No tenía ningún interés en intervenir en la producción intelectual nacional ni de debatir.

Ahora, hubo un momento donde Moreno sí tuvo una política intelectual fuerte. La revista Estrategia de emancipación nacional y social fue una política así, en el marco de intervenir intelectualmente en el espectro de lo que podría llamarse el ala izquierda del peronismo, mientras que las políticas del Partido Comunista giraban alrededor del apoyo a la Revolución Libertadora. Posteriormente, es evidente que el morenismo termina siendo una corriente que soslaya la teoría. Y nuestra ruptura como PTS con el morenismo también tiene que ver con esto: que el debate intelectual y la elaboración teórica puedan ser patrimonio común de lo más amplio que se pueda de la militancia. Nahuel Moreno decía, como un demérito de su propia corriente, “somos un trotskismo bárbaro”. Es decir, que no había tenido grandes personalidades intelectuales ni debates, en un país donde estos llegaban rebajados en relación a los centros del debate político y teórico mundial. Pero esto en una gran parte de la dirigencia del morenismo se transformaba en un justificador para no superarlo, para quedarse sin hacer nada al respecto. Y eso, aunque Moreno sí  debatía con intelectuales y sobre los temas más importantes de su momento. Pero había una gran diferencia entre él y el resto de los dirigentes de su corriente que quedaban opacados. Debatía, bien o mal, pero lo hacía, en el marco de que, desde nuestro punto de vista, Moreno tenía una orientación, en general, centrista. La prueba de su debilidad es el estallido del MAS por la imposibilidad de enfrentar los ataques del menemismo. Yo creo que Peña compartió con el morenismo una ilusión facilista de cómo se podía construir un partido sobre la base obrera peronista, claudicando, y donde las claudicaciones después se pagaron. La debilidad del propio morenismo en ese momento, fue llegar al Cordobazo del ’69 siendo una corriente muy pequeña. Y en esa debilidad influyó la política con la que hicieron el entrismo en el peronismo. Y posteriormente, en la década de 1990, más allá del hecho objetivo de la derrota de las privatizaciones, incluso después de que nosotros del PTS nos fuéramos del MAS, éste último partido podría haber soportado las derrotas y emerger como una organización más fuerte. Pero, sin embargo, implosionó. Su estrategia, su visión política de cómo iba a ser un proceso revolucionario en la Argentina lo llevó a cometer una serie importante de errores, agravados tras la muerte de Nahuel Moreno [enero de 1987]. El MAS comete una serie de importantes errores teóricos que después se traducen en debilidad política. Tenía una visión facilista del proceso político. Pero vino difícil, hubo derrota, fracaso, y entonces una gran parte de esa militancia se licuó. Y hoy seguimos pagando esa derrota, lo que hacemos hoy es un intento de reconstruir a partir de ella. Lo pasamos en limpio para tratar de no repetir esos errores. Y así, cuando nosotros [el PTS] empezamos a tener cierta incidencia y responsabilidad política, tratamos de superar las debilidades centristas que creemos que tuvo la conducción del morenismo. Por eso para nosotros es clave tener el mayor rigor en la teoría revolucionaria.


[1] Morenismo: Corriente trotskista fundada en 1943 en Argentina por Nahuel Moreno (1924-1987), que se expandió también a otros países, particularmente de Latinoamérica. Originalmente se llamó aquí Grupo Obrero Marxista (GOM), pero a lo largo de su historia adoptaría diversas denominaciones, hasta fundar en la década del ’70 el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y en los ’80 el Movimiento al Socialismo (MAS) y una tendencia internacional, la Liga Internacional de los Trabajadores (LIT). (NdE)

[2] Su trabajo más completo en polémica con Jorge Abelardo Ramos es Milcíades Peña, Industria, burguesía industrial y liberación nacional, Ediciones Fichas, Bs. As, 1974. (NdE)

[3] Munis fue un trotskista mexicano-español que intervino en la guerra civil española de la década de 1930. En 1951 rompe con la Cuarta Internacional junto con Natalia Sedova, viuda de Trotsky, y se posiciona por no defender a la URSS frente a los ataques de las potencias imperialistas. (NdE)

[4] Se refiere a la obra de Lenin, El desarrollo del capitalismo en Rusia, escrito entre 1896 y 1899. (NdE)

[5] Peña muere joven, se suicida a los 32 años, en 1965.

[7] El morenismo, entre 1945 y 1953, consideró al peronismo como un agente del capital inglés, (de ahí vendrían sus contradicciones con la Unión Democrática, pro-yanqui) y un intento totalitario de copamiento de los sindicatos. Desde 1953 girará 180 grados en su caracterización, remarcando el aspecto de cierta resistencia a las presiones imperialistas, e irá hacia políticas de “entrismo” en distintas organizaciones pro-peronistas o directamente peronistas, hasta 1964. (NdE)

[8] El “entrismo” fue una táctica desarrollada por Trotsky alrededor de 1934, que consistía en que los grupos trotskistas entraran, provisoriamente, en los partidos socialdemócratas, ya que una generación joven de obreros que se radicalizaban frente al ascenso del fascismo y giraban hacia posiciones revolucionarias, estaban sumándose a los PS (los partidos comunistas, con su férreo estalinismo, los rechazaban). El objetivo era captar a este sector, que tarde o temprano se terminaría enfrentando con las viejas direcciones reformistas socialdemócratas, para luego romper con esos partidos y fundar organizaciones revolucionarias independientes más fuertes. El morenismo concibe al entrismo al peronismo de una forma diferente. En primer lugar, porque no se trata de un partido obrero reformista (como eran los PS), sino de uno nacionalista burgués. Luego, porque lo concebían como una táctica a largo plazo para “radicalizar” al peronismo, y no como una forma de preparar las condiciones para superarlo políticamente. Sobre la táctica de entrismo en Trotsky, ver Andrea Robles, “La táctica de entrismo en Trotsky y la construcción del partido revolucionario”, en Cuadernos del CEIP N°1, 2000 (NdE)

[9] PSRN: Partido Socialista de la Revolución Nacional. Ruptura del año 1953, pro-peronista, del tronco del viejo Partido Socialista, dirigida por Enrique Dickmann, exdiputado del PS. Los morenistas controlaban su Federación Bonaerense. (NdE)

[10] Para seguir la historia y los avatares de la corriente morenista, particularmente para entender la relación entre ésta y la actividad militante y las reflexiones sobre ella de Milcíades Peña, que son un tema recurrente en esta charla, se recomienda Ernesto González (coordinador), El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina, tomos 1 y 2, Bs. As., 1994 y 1996, Antídoto. (NdE)

[11] El nombre original completo del artículo es: “El legado del bonapartismo: conservadurismo y quietismo en la clase obrera argentina”, que Peña firma con el seudónimo “Gustavo Polit”, y apareció por primera vez en el número 3 de la revista Fichas, de septiembre de 1964. Se puede consultar en internet en: http://s3.amazonaws.com/Fichas/Fichas03.pdf.  Fue republicado en Milcíades Peña, Industrialización y clases sociales en la Argentina , Bs. As, Hyspamérica, 1986. (NdE)

[12] “Quietismo y conservadurismo…” es un texto que es necesario criticar y no cederle por considerarlo como “heterodoxo”, como han intentado algunos investigadores. No se trata de insultarlo o caracterizarlo como escéptico. Sino que es un texto que no sirve para entender la propia historia de la clase obrera de la década del 70. Apelar a una definición de “quietismo de la clase”, no sirve para entender ni el anterior proceso de resistencia obrera ni lo que viene después en el auge revoucionario.

[13] Un elemento central en la discusión con Ramos es el análisis de la clase dominante en Argentina, rompiendo con la visión mitológica, que intentaba mostrar como intereses contradictorios los de la burguesía industrial respecto a los de la burguesía agraria, piedra nodal de toda la historiografía populista, que busca un contenido progresivo en la primera contra la oligarquía agraria.

[14] El libro tiene ciertos problemas en su estructura, ya que de sus 500 páginas casi 400 se dedican al siglo XIX, y sólo hay dos capítulos referidos al siglo XX. Igualmente el aporte de Peña es importante ya que el primero está dedicado al radicalismo, mostrando el carácter nulamente transformador o reformista del mismo, mostrando cómo es un movimiento que tiene a la burguesía en su propio seno y donde las clases medias son base de maniobra de la clase dominante (tesis que luego desarrollan otros historiadores como David Rock); y el segundo al peronismo, mostrando como es un gobierno del “como si”, un gobierno que no trasforma las relaciones estructurales de la sociedad argentina, en un análisis desmitificador, que rompe con la idea de un peronismo anti imperialista, revolucionario.

[15] En este sentido es interesante mencionar la polémica de Peña con Jorge Abelardo Ramos, ya que el actual Secretario de Cultura (Jorge Coscia) y el Ministro de Educación (Alberto Sileoni) provienen de la corriente de Ramos, y no es casual que “Revolución y Contrarrevolución en Argentina” sea un texto de cabecera y formación para lo que sería la “izquierda kirchnerista”. Y estamos hablando de un autor que señala a Roca como un General progresista…

La corriente de Jorge Abelardo Ramos es la tradición política conocida como “Izquierda Nacional”. Esta surge junto con el peronismo cuando la corriente trotskista que dirigía Ramos apoya a Perón. La Izquierda Nacional intentará, al principio, una especie de sincretismo entre el marxismo de Trotsky por un lado, y el nacionalismo burgués de Perón por el otro. Con el paso del tiempo esta corriente irá perdiendo cada vez más todo intento de identificarse en el trotskismo y girará cada vez más a la derecha, transformándose en apologistas de las fuerzas armadas y de la burguesía argentina. J.A. Ramos terminará sus días como embajador de Menem en México. (NdE)

[16] Horacio Tarcus es autor de un libro que es una biografía de Milcíades Peña y de Silvio Frondizi, llamado El marxismo olvidado en la Argentina.  Ed. El Cielo por Asalto, Bs. As. 1996. Tarcus militó durante algunos años en la década de 1970 en la corriente Política Obrera, antecesora del actual Partido Obrero (PO). En la introducción a su libro plantea que éste es un ajuste de cuentas definitivo con lo que consideraba su propia tradición política, el trotskismo.  Para una crítica a este libro de Tarcus, ver Christian Castillo, “A propósito de El marxismo olvidado. Tarcus reinventa a Peña y a Frondizi. Anatomía de una mistificación”, en la revista Lucha de Clases, primera época, Año 1, N° 1, 1997.  (NdE)

[17] Michael Löwy es un sociólogo y filósofo brasileño residente en Francia. Es un referente intelectual histórico de la corriente trotskista internacional fundada por Ernest Mandel. Löwy escribió el prólogo del libro de Tarcus mencionado arriba. (NdE)

[18] El propio Tarcus sostiene esto en su interpretación en esa versión vulgar de que un militante trotskista explica mejor cómo fue la toma del Palacio de Invierno y no conoce la historia del peronismo. El trabajo de Peña es un golpe en la nariz a estas caricaturas sobre la izqueirda.

[19] Para un relato de los orígenes del trotskismo argentino en la década de 1930 y la discusión sobre el problema de la “liberación nacional” en sus filas (el debate entre Liborio Justo y Antonio Gallo), ver Alicia Rojo, “El trotskismo argentino frente a la Segunda Guerra Mundial”, en Cuadernos del CEIP León Trotsky N° 2, 2001. (NdE)

[20] Hay que tener en cuenta la interpretación de Halperín Donghi, quien dice que el fenómeno de Mayo fue mucho más “subversivo” donde no tenía importancia directa, es decir donde no tenía aliados sociales, en contraposición a donde sí los tenía y podía ligarse a las formas de la gobernabilidad anterior. Según esta visión, como en el Alto Perú toda o gran parte de la clase dominante estaba con los españoles, entonces las medidas fueron más radicales, mientras que en el lugar donde se origina el movimiento de Mayo fue mucho más limitado.

[22] Esto no era menor para la política, ya que si las medidas de los gobiernos expresaban una resistencia al imperialismo, el proletariado debía apoyar y pelear por profundizar las medidas anti-imperialistas, aunque manteniendo la independencia política respecto a estos gobiernos, para ir en una dinámica que entrelazara las tareas democrático-burguesas, con la expropiación generalizada de la burguesía, la toma del poder por la clase obrera y la revolución socialista. (NdE)

[23] Ahora bien, aunque no estemos de acuerdo con la política del entrismo al peronismo que llevó Moreno, hay que reconocer que los trotskistas tienen el enorme mérito de haber intentado influenciar ese activismo, partiendo de que tenían que ir en contra de la estigmatización de la izquierda dada por la actitud gorila del Partido Comunista en el golpe de 1955.

[24] M. Peña. Historia del pueblo argentino, Emecé, 2011. cap. XVII, pág. 495, nota al pie 68. Esta cita proviene originalmente del artículo “El legado del bonapartismo: conservadurismo y quietismo en la clase obrera argentina”, revista Fichas N° 3, 1964

[25] M. Peña. Ibídem, pág. 530.

[26] Quebracho era el seudónimo con el que Liborio Justo firmó muchas de sus obras.

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